Apéndice a «Reynaldo Miravalles: al más grande de la actuación cubana, mi Oscar personal».

(esta información está conectada al artículo principal en el siguiente enlace: https://wordpress.com/post/elabrevaderojm.com/6384)

1. El Callejón del Chorro:

Según el Editorial del sitio d-cuba.com, el Callejón del Chorro es una popular callejuela sin salida de unos treinta metros de profundidad que tiene su fondo en el Taller Experimental de Gráfica, en el Casco o Centro Histórico de La Habana Vieja, Cuba.

El taller por fuera y por dentro.

Debe su nombre a que en los siglos XVI y XVII era el final de un canal de once kilómetros que suministraba agua desde el Río Almendares, llamado en esos tiempos La Chorrera.

En la antigüedad, al Callejón del Chorro —primero Callejón del Jagüey— concurrían los pobladores de La Habana a abastecerse de agua en la Plaza de la Ciénaga que era como se denominaba la Plaza de la Catedral.

El río Almendares a su paso por el parque homónimo (izquierda). La Plaza de la Catedral de La Habana (derecha).

Hoy, el Callejón del Chorro es un espacio cultural donde pueden encontrarse diferentes atractivos como son los restaurantes Esto no es un Café, Doña Eutimia, la Dulcería Bianchini II, la Galería Víctor Manuel del Fondo de Bienes Culturales, así como el Taller Experimental de Gráfica de La Habana.

Muy cerca se encuentran importantes atractivos culturales, recreativos y turísticos como: la Casa de la Obra Pía, el Museo de Arte Colonial, los restaurantes El Patio y la Bodeguita del Medio, el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, los hoteles Tejadillo y Marques de Prado Ameno.

2. Elizabeth Mirabal:

Elizabeth Mirabal nació en La Habana en 1986. Para el 2009 Se licencia en Periodismo en la Universidad de La Habana. Su novela «La isla de las mujeres tristes» mereció el Premio Iberoamericano Verbum 2014. Ha compilado «La intimidad de la historia» (2013) y «Poesía completa» (2016) de Juana Borrero.

Es coautora de dos libros sobre Guillermo Cabrera Infante: «Sobre los pasos del cronista» —Premio de la Crítica Literaria Cubana 2011—, y «Buscando a Caín» de 2012, así como de la recopilación de entrevistas a escritores «Tiempo de escuchar» de 2011, la investigación «Hablar de Guillermo Rosales» de 2013 y, más recientemente, del volumen «Chakras. Historias de la Cuba dispersa» (Editorial Verbum, 2014)».

3. Preludio 11:

Ficha técnica
PELÍCULA
Título originalPrelude 11
Idioma originalAlemán
Duración91 minutos
ClasificaciónFSK 12
EQUIPO TÉCNICO
GuionGerhard Hartwig (dramaturgia)
ProducciónDEFA , KAG “Red Circle” ICAIC , Habana
MúsicaMarta Valdés
CámaraGünter Haubold
EdiciónBärbel Weigel
REPARTO
Roberto Blanco: MiguelFred Delmare: Esteban
Aurora Depestre: DanielaÁngel Espasande: Comandante Suárez
Günther Simon: Carlos PalominoOlivia Alonso: Bäuerin
Armin Mueller-Stahl: Ramón QuintanaJoachim Tomaschewsky: Optometrista
Gerry Wolff: Sergio FiguerasManfred Ott: Nestor
Carlos Moctezuma: RaveloMarga Legal: madre de Daniela
Rafael Sosa: RicoIberê Cavalcanti: Pedro
Miguel Benavides: PeñaRafael Cervera: Bauer
Helmo Hernández: RodríguezGuillermo Figueroa: niño de 14 años
Günter Ott: McLashEnrique Sosa: High Officer
Alejandro Lugo: MudGerd Staiger: Piloto
Reynaldo Miravalles: Pater Léon 
Argumento

Cuba durante la Guerra Fría:  La revolución triunfa y Fidel Castro está a la cabeza del Estado. Mientras tanto, Estados Unidos está preparando a la contrarrevolución. Bajo la palabra clave «Preludio 11», cuatro cubanos en el exilio y el guatemalteco Rico, liderados por el estadounidense McLash, van a entrar al país a volar un importante puente cerca de la ciudad de Esperanza. El puente pertenece al área de responsabilidad del comandante Palomino, que trabaja como espía para los estadounidenses. 

Además del teniente Ramón Quintana, el personal de Palomino también incluye a Daniela, una madre soltera a quien ama, cuyo amigo Miguel la ha dejado y desertado a los estadounidenses. Miguel está en el grupo de McLash, cuyo barco se estrelló, por lo que tienen que andar un largo camino hasta el puente.

Palomino primero da instrucciones para proteger el puente. El grupo de McLash se abre camino tierra adentro, pero es emboscado por los revolucionarios en una aldea. Hay un tiroteo en el que McLash resulta gravemente herido. Muere un poco más tarde. Sin embargo, el grupo captura al revolucionario Peña, que tiene que seguirlos tierra adentro y lentamente desgasta al grupo con sus historias de los éxitos de la revolución. Sobre todo, puede inspirar a Rico para que se pase a la revolución.

Palomino hace que los guardias del puente vayan a buscar a los contrarrevolucionarios en la zona forestal. Los paracaidistas lanzados por los Estados Unidos inicialmente pueden aterrizar sin ser molestados en el área del puente, pero son combatidos por los agricultores de la zona. Después de que los granjeros incendiaron la marisma junto al puente, numerosos hombres mueren. Sólo el radical Barro puede llegar hasta los infiltrados, ahora liderados por Miguel y el moderado Figueras.

Los contrarrevolucionarios se dan cuenta de que la caminata hasta el puente es demasiado larga para hacerla. Necesitan un todoterreno que Miguel debería obtener a través de su exnovia Daniela. Miguel se disfraza de cubano común y va a ver a Daniela. Al principio ella le cree de su lado, pero pronto se da cuenta de que Miguel está en el bando contrario. Ella se niega a cooperar, pero no puede lograr que arresten a Miguel. 

Como ha fracasado, recurre a Palomino, quien debe decidir sobre su paradero con los revolucionarios. Palomino les ordena que lleven el jeep al grupo de Miguel, pero él establecerá centinelas en la ruta para arrestarlos de inmediato. Al mismo tiempo, instruye a Quintana para que vigile una fábrica de cemento en lugar del puente pues, según las instrucciones de La Habana, los contrarrevolucionarios están planeando un ataque allí. A pesar de las dudas sobre las órdenes de Palomino, Quintana se dirige a la fábrica con sus hombres.

Peña y Rico logran escapar de los contrarrevolucionarios. Ambos se dirigen a la fábrica de Peña, la fábrica de cemento donde ahora está estacionado Quintana. Le dicen que el puente sigue siendo el objetivo de los contrarrevolucionarios. También informan que Daniela les llevará un jeep y Quintana cree que ella ha decidido trabajar con Miguel. Bajo su propio riesgo y después de informar brevemente a Palomino, moviliza a sus hombres para cortar el camino de los contrarrevolucionarios. 

Palomino se da cuenta de que su plan ha fracasado y se suicida. Quintana y sus hombres capturan a los contrarrevolucionarios. Algunos son fusilados y el resto va a prisión. Peña también muere en el enfrentamiento. Quintana quiere confrontar a Daniela, pero se entera de la traición de Palomino por la radio.

Producción

«Preludio 11» fue filmada en Cuba en 1963. La película se estrenó en La Habana en enero de 1964. Tuvo su estreno en la RDA el 19 de marzo de 1964 en el Coliseo de Berlín, y en los cines del país el 27 de marzo de 1964. El 26 de julio de 1974, DFF 2 se emitió en televisión por primera vez.

Crítica

La crítica contemporánea de la RDA, en voz de Rosemarie Rehahn, dijo que «La película contenía diálogos simples, el material estaba diseñado rutinariamente, y ni los revolucionarios ni los contrarrevolucionarios estaban profundamente representados. Que incluso, los propios actores, con la excepción de Gerry Wolff, no pudieron convencer, Günther Simon se quedó sin perfil y Armin Mueller-Stahl (Quintana) solo tiene la tarea de mostrar lealtad a la revolución y un sentimiento de amor en los carteles».

Para el «Léxico del cine internacional», esta película fue «una aventura de espionaje moderada, escenificada en el contexto de la Guerra Fría».

4. Svindlande affärer:

Ficha técnica
Género comedia
Productor Christer Abrahamsen
GuionTheodore Folke, Janne Loffe Carlsson, Gösta Wälivaara
Música originalBengt Palmers
ProductorasSF Studios y otros
Duración 104 minutos
PaísSuecia
Idioma Sueco

«Asombroso negocio» es una película sueca de 1985 dirigida por Peter Schildt y Janne Loffe Carlsson.

La historia cuenta cómo los hermanos Gösta y Rolle se reúnen cuando Rolle regresa a casa desde los Estados Unidos después que le han perdonado una pena de prisión. Justo antes de que Rolle saliera, un conductor de automóvil estafa a Gösta por una gran cantidad de dinero. Rolle y Gösta deciden recuperar el dinero perdido y junto con la compañera de trabajo de Gösta, Rita, organizan una ola de inversiones con promesas de altos rendimientos. Lo inesperado es que los rumores de rápidas ganancias se extiendan enseguida por el inframundo, y esto desate un carrusel que gire cada vez más rápido.

La película fue rodada en el otoño de 1984 en Estocolmo y Cuba, y se estrenó en Suecia el 23 de agosto de 1985, recibiendo críticas consistentemente pobres.

En su idea original, el papel de director también estaba dedicado al entonces joven de 22 años Jonas Frick, pero este se retiró después de unas semanas y fue reemplazado por Peter Schildt.

Pernilla Wahlgren obtuvo un gran éxito con el tema principal de la película Dizzying Business.

5. Sobre «El encanto del regreso»:

Estimado Reynaldo Lastres:
Lamentablemente no tengo copia de “El encanto del regreso” ni idea de donde se pueda ver ahora mismo. En su momento pude apreciarlo en uno de los eventos que se organizan en la provincia de Ciego de Ávila. Pero sigue siendo un filme “sumergido”. Quizás puedas ponerte en contacto con su realizador Emilio Oscar Alcalde, quien tiene un sitio en Internet.
Hace poco volví a escribir algo sobre ella, a propósito de la conferencia “Cine cubano post-68: los presagios del gris”, encargada por el Centro Teorico-Cultural “Criterios”. Tuve la suerte de contar con la gentileza de Alcalde y el guionista Reinaldo Montero, quienes me aclararon algunas dudas. Por supuesto, lo interesante sería apreciar de nuevo la película, ya con otra perspectiva, y discutirla junto a quienes la hicieron. Mientras ese momento llega, te anoto el segmento de la conferencia donde se alude a la misma.
Saludos, y gracias por seguir el blog,
Juan Antonio García Borrero
FRAGMENTO DE “CINE CUBANO POST-68: LOS PRESAGIOS DEL GRIS”
(…) El tema de la guerra de Angola, que hasta ese momento solo había recibido un enfoque unidimensional, y claramente apologético, comenzaría a ser representado de una manera menos maniquea, como ponen en evidencia “Cazador de imágenes” (1989), de Laura López, o antes, “Amigos” (1987) de Jorge Luis Sánchez, esta última una pequeña cinta donde el director se ocupaba de mostrar “las contradicciones de mi realidad cohabitando con los costados heroicos. (…) De un lado, la guerra y sus héroes. Del otro, la cotidianidad y sus antihéroes” , pretensión ética que coincide con la que ese mismo año hacía pública Jorge Fuentes, el director de “Cabinda” (1988), otra producción de los ECTVFAR que se aproxima a la guerra en África, al llamar la atención sobre la necesidad de “presentar hombres y mujeres en lucha, en conflictos con sus propios intereses personales, frente a las exigencias de la colectividad”.
De todas estas películas que, más allá del ICAIC, abordaron el conflicto bélico en el continente africano, tal vez la que más resonancia internacional obtuvo fue “El encanto del regreso” (1991), de Emilio Oscar Alcalde, la cual fue exhibida en el Festival de Moscú correspondiente a aquel año. Se trata de la Tesis de Graduación de su director en el Instituto Superior Cinematográfico de Moscú, que ese mismo año alcanzaría los premios “Caracol” entregados anualmente por la UNEAC en las categorías correspondientes a la mejor película, dirección y fotografía. Sin embargo, todo parece indicar que el guión escrito por Reinaldo Montero (antes había colaborado con Alcalde en “Kalule 5”), el cual prescindía deliberadamente de cualquier manierismo fotogénico a la hora de describir al “héroe internacionalista” que regresa de misión, y encuentra en casa un pequeño infierno, determinó que la cinta se exhibiera públicamente una sola vez; es decir, la noche del 27 de octubre de 1991, cuando se entregaron los premios en el cine Yara.
Desde luego, las circunstancias internacionales de ese año muy poco podían contribuir a una proyección natural del filme. A lo largo de aquellos doce meses, la Unión Soviética había iniciado su imparable desmembramiento, por lo que cuando el 25 de diciembre Gorbachov hizo pública su renuncia a la presidencia de la URSS, al tiempo que declaraba la disolución de la misma, pareció que aquellos axiomas marxistas sobre la necesidad histórica del sistema socialista, no pasaban de ser otra conjura de espejismos, manipulaciones, y equívocos.
La crisis política propició que una vez más hiciera su aparición el bullying mediático, como puso en evidencia ese mismo año el nunca del todo bien repudiado affaire “Alicia en el pueblo de Maravillas”. Releyendo aquellas impugnaciones publicadas en los periódicos “Granma”, “Trabajadores”, “Tribuna de La Habana”, “Bohemia”, “Juventud Rebelde”, por mencionar algunos de los espacios utilizados para satanizar a “Alicia…”, uno no puede menos que pensar en la gozosa e impune resurrección de Leopoldo Ávila. Otra vez salía a relucir lo peor de ese socialismo autoritario que antepone la reprobación ad hominen al debate riguroso.
FICHA TECNICA:
EL ENCANTO DEL REGRESO
(1990)/65’/ Director: Emilio Oscar Alcalde/ Actúan: Enrique Molina, Coralia Veloz, Reynaldo Miravalles, Francisco Gattorno, Marina Arango, Patricio Wood.
Al retornar de una misión en el extranjero, un militar encuentra inesperados conflictos en su casa, en esta cinta producida por los Estudios Cinematográficos y de la TV del MINFAR, que fuera la tesis de grado de su director en la URSS.
PREMIO: Premio Caracol de la UNEAC al mejor filme.

6. Sobre «Esther en alguna parte»:

Esta es la valoración de la película hecha por Jonathan Holland de Vancouver Latin America Film Festival 4 de septiembre del 2014:

El cubano Gerardo Chijona sigue su premiado «Boleto al Paraíso» con una comedia melancólica sobre el amor y la amistad en la vejez.

Siempre hay algo atractivo en un viejo tipo que todavía cree en el romance, y «Esther en alguna parte» lo sabe. Un hilo cómico suave y anticuado sobre un par de amigos envejecidos en busca del amor perdido, «Esther…» está llena de las viejas virtudes cinematográficas: se basa en una trama satisfactoriamente retorcida, personajes buenos y bien interpretados, y después de haber lanzado un par de excelentes números de boleros, ¿qué es lo que no te gusta? Considerándose una salida radical y convencional para Gerardo Chijona de su drama juvenil Ticket to Paradise, la capacidad de «Esther…» para tirar de las cuerdas universales del corazón la convierte en una candidata adecuada para un remake.

Un año después de su muerte, el viudo Lino (un Reynaldo Miravalles nonagenario, impecable y avergonzado) todavía anhela a su esposa, Maruja (Daisy Granados). Dejando flores en su tumba, conoce a Larry Po (Enrique Molina), un exactor que ahora adopta diferentes roles en su vida cotidiana. Este le dice a Lino que Maruja llevó una vida secreta como cantante de boleros mientras Lino trabajaba por las noches, y que ahora está cumpliendo su promesa a Maruja de hacerle saber a él la verdad. Inicialmente, Lino no acepta algo tan improbable, pero crucialmente el espectador lo hace, arrastrado por el estado de ánimo amable.

En conclusión: una pieza suave y seductora que equilibra con éxito la risa y las lágrimas.

¿Y qué, pregunta Lino, si Larry hubiera muerto antes que Maruja? Maruja había prometido buscar al primer gran amor de la vida de Larry, Esther. Atraídos por la creciente conciencia de Lino sobre la vulnerabilidad de Larry, se propusieron averiguar más sobre la segunda vida de Maruja visitando a las personas que trabajaron con ella, entre ellas la diva y rival Elenita (Eslinda Núñez),  su ayudante de vestuario Huesito (Alicia Bustamante)  y la prostituta de corazón dorado Julieta (Paula Ali), todas actrices de renombre en Cuba y todas las cuales van y vienen lo suficientemente entretenidas durante los pocos minutos que están en pantalla.

Lo que Lino aprenda sobre su exesposa le enseñará nuevas lecciones acerca de los roles de género, la amistad y él mismo. Como Larry le dice, durante los 35 años de su matrimonio no fue «lo suficientemente hombre» para ella, y si eres un hombre cubano, eso duele.

El centro de Esther es la extraña pareja, la relación al estilo Sunshine BoysLa pareja chiflada») entre Lino y Larry. Miravalles deambula y se calma, registrando emociones sobre todo a través de su lúgubre expresión. Molina, sobre quien la película en realidad enfatiza, es un personaje ricamente concebido, agradablemente exuberante, sentimental, que se engaña a sí mismo, y con una resaca de soledad siempre presente. En complejidad, ninguno de los otros personajes se le acerca.

El guion de Eduardo Eimi es satisfactoriamente redondo, volviéndose sutil en lo psicológico al sugerir que el anhelo de Larry por Esther podría ser solo un producto de su imaginación sobreexcitada. Una subtrama que involucra al sobrino de Larry, Ismael (Héctor Medina) y su esposa, Sofía (Danae Hernández), no llega a mucho, lo que sugiere que podría haber sido exprimida para abastecer el proyecto con algunos personajes de menos de la edad de jubilación.

El sencillo y plañidero tema de piano de José María Vitier subraya la angustia, mientras que la fotografía de Rafael Solís juega con una reputación de romance de La Habana ligeramente desbaratada. La edición, sin embargo, es menos que pulida, a veces luchando por mantenerse a tono al tratar con una gama tan amplia de personajes.

7. La entrevista con Elizabeth Mirabal:

Revista Surco Sur, Scholar Commons USF University of South Florida

Reynaldo Miravalles estuvo en Cuba. Vino porque supo que exhibían «Cercanía», de Rolando Díaz, y quiso presenciar ese estreno. Además, como él mismo confiesa, así su esposa Nena y él podían ver a sus hijas, sus nietos y bisnietos. Salió a caminar por los alrededores de 23 y 12, no sin escuchar comentarios muy graciosos («Mira cómo se parece ese hombre a Melesio Capote»). A los ochenta y siete años, sus seis pies y tres pulgadas continúan causando la extraña incertidumbre de no saber si estamos ante un deportista olímpico o el actor memorable de una veintena de películas. Al principio, advirtió por teléfono que las preguntas sobre política no las respondía. Y le dije que no, que iban a ser sobre su carrera como actor. Cuando me vio llegar, confió: «Pero si eres una muchacha».

Conversar con Miravalles es como asistir al collage de sus actuaciones. Todavía recuerda parlamentos completos y cuando los repite, parece posible traspasar la pantalla de la sala oscura y compartir el miedo, la alegría, la tristeza, junto a todos los seres de ficción que ha interpretado. Su locuacidad hace fácil la labor del entrevistador, los flashbacks, las digresiones, la corriente indetenible de una vida que merece ser evocada, dan lugar a un discurso lógico, pletórico de cubanismos, autenticidad. Él mismo invita a reírse de sus chistes con una carcajada contagiosa y carnavalesca. Las manos, de palmas anchas y dedos largos, van de un lado a otro diseñando figuras. Se ve contento.

Casi al final, llega la pregunta sobre qué está haciendo ahora. Habla, habla sin parar, y como una nota al pie, dice: «Después te enseño». Al terminar, se levanta intrépido, mientras me señala con el índice: «¿Creías que se me había olvidado?» Viene con varios collares y pulseras. «Son para mis hijas y mis nietas. Yo mismo los hago. Escoge un juego». Elijo uno de cuentas blancas y negras, y enseguida me lo pongo.

Camino luego por la calle 23, sonrío sin razones aparentes, y de pronto, ¡zas!, se me ha roto el collar obsequiado por Miravalles. Las cuentas ruedan y no se detienen, aunque intente detenerlas con la mirada. Se escapan, se pierden, se esconden, es inevitable el desastre. Por un momento tengo ganas de llorar. Recojo todas las que puedo, las guardo en la cartera y solo entonces recuerdo que aún me queda el pulso. Me lo quito con cuidado y lo coloco junto a lo que queda de collar. Este sí no se va a romper. ¿Será una de esas reliquias «de la patria»?

¿Por qué se inclinó por la carrera de pintura siendo muy joven?

Cuando era niño hacía dibujitos, y mi mamá decía que yo era un artista tremendo. Le creí y matriculé en la escuela anexa a San Alejandro. Cursé el primer y el segundo año, haciendo pinturas estatuarias, grabados y cuando fui a pasar al nivel superior, no pude. Mi familia era de extracción muy pobre, y tuve que trabajar durante el día, es decir, en el mismo horario de las clases. Pero ese período allí fue un nexo. Uno de mis compañeros quiso hacer un fin de fiesta, como si se tratara de una escuela infantil y no de adultos. Deseaba representar unas obritas para cerrar el curso y me dio el papel de un andaluz. No había actuado nunca, no sabía ni qué era eso. Ya en ese instante tenía un café pequeño en sociedad con otro amigo. Por esa época, un actor aficionado que trabajaba en RHC-Cadena Azul me habló de su trabajo y le dije que a mí me gustaría dedicarme a lo mismo. Él estuvo al frente de un programa y me invitó a participar. Trabajé allí cuatro días y después le pedí mi parte al otro socio. Ya no vendería más café con leche.

¿Y ese primer papel fue en la radioemisora «La voz de los Ómnibus Aliados»?

Sí, allí mismo. Yo tenía una voz casi infantil, pero quería intentarlo. Me puse a trabajar gratis con grupitos de la radio que no cobraban. Empecé a estudiar por mi cuenta, a observar, porque dicen que, «cortando huevos, se aprende a capar».

¿Cómo se las arregló para comenzar en la televisión?

Cuando empiezo en la televisión, ya había actuado mucho en teatro. La primera vez fui un extra sentado en una silla, y en la segunda ocasión, logré un protagónico junto a José Antonio Rivero. Al principio, para los actores populares y consagrados, la televisión era una cosa nueva y muchos le temían. Sus figuras no se correspondían con el éxito alcanzado en la radio. Eran galanes, pero de apariencia rechoncha. Otros, demasiado bajitos o feos. No querían afectar su puesto. Por eso, nos daban chance a los que no teníamos nada que perder. Los primeros trabajos en La tremenda corte, por ejemplo, siempre eran de contrafigura. La estrella que hacía reír era Leopoldo Fernández. Nosotros lo apoyábamos para que su actuación se destacara.

¿Por qué le impactó tanto «El limpiabotas»?

Era un aficionado. Dudaba, porque los actores de la radio me sonaban falsos. No me parecían seres humanos, sino muñequitos. Pero ignoraba los argumentos para defender ese criterio. A fin de cuentas, era un desconocido. La calle Consulado estaba llena de distribuidoras de cine y siempre había alguna que otra salita de exhibición. Un amigo me invitó un día a ver una película llamada El limpiabotas de Vittorio de Sica, uno de los creadores del neorrealismo italiano. Descubrí cómo aquella gente circulaba dentro de la pantalla con naturalidad, como auténticas personas. Y me dije: «Ahí está la razón. He ahí lo que buscaba». Ese fue mi punto de partida para actuar.

¿Cómo asumía la actuación para el teatro?

El cine y la televisión son primos hermanos. Los tonos son naturales, de conversación. El del teatro es un tono proyectado. Tanto los gestos como el diálogo deben ser más ampulosos. El cine habla con usted desde sus rodillas, el teatro lo hace a media cuadra.

¿Cuáles son a su juicio los mayores éxitos que obtuvo sobre las tablas?

He actuado muy poco en el teatro. Hice cuatro o cinco obras en toda mi carrera. Nunca coseché un gran éxito, solo en «Santa Camila de La Habana Vieja». Tuve la suerte de estrenarla, y la puesta se mantuvo durante tres meses a teatro lleno. Después fue llevada a la pantalla chica. Pero el logro fue colectivo, no particular. No tuve la oportunidad de elegir en teatro. Si me ofrecían un papel y me gustaba, lo hacía y punto.

¿Ha abandonado el teatro?

Totalmente.

¿Qué recuerda de la preparación para su primer personaje en el cine, en Historias de la Revolución?

Había empezado en la televisión en 1951, es decir, tenía casi diez años de experiencia y varios premios de actuación. Titón hizo un casting y me dio un papel en «El herido», uno de los tres cuentos de la película. Hacía de un lechero, que como los de entonces, depositaba los litros en las puertas de las casas. Me encontraba con unos muchachos que habían realizado un atentado. Uno de ellos estaba herido, y salía a pedirme ayuda. El lechero sabe las consecuencias, el peligro que implica prestarle auxilio, y se niega. Se va a su camión, pero luego regresa por conciencia. Entonces lo recoge y traslada, manejando con un pánico tremendo. Esa era toda mi parte. No había diálogo. Yo no sabía cómo actuaba, no me había visto nunca, porque todavía no existía el video. Recibía los elogios, pero desconocía si lo estaba haciendo bien o mal. El director de fotografía de Historias… era uno de los grandes del cine italiano, Otello Martelli. Yo fui a verme en rushes. Aparecía poco, pero pensaba que estaba bien. De pronto, me tocaron por detrás y era Martelli para decirme: «Muy buena su representación», pero en italiano: Molto bene. Y si ese hombre me daba ese criterio, pues era feliz. Después, hice otro pequeño papelito. Un soldado en El joven rebelde. Vino entonces «Las doce sillas» y Titón me propuso un personaje bueno, pero también muy corto. Le dije que me tenía que dar algo mejor, porque ya había hecho tres escenitas de esas. Además, pagaban mal. Me dejó el protagónico junto con Enrique Santiesteban y fue una emoción grande. Al inicio de la Revolución, cuando se estrenaba una película se exhibía en el cine La Rampa. Se presentaban los intérpretes, empezando por los que tenían papeles secundarios hasta llegar a los principales. Recuerdo que aquella vez mencionaban a cada uno: «Fulano de tal», y la gente aplaudía un momento. «Mengano», igual. Cuando dijeron: «Reynaldo Miravalles», empezaron a ovacionar, y yo me puse a gritar también. Santiesteban era una buena persona, amable con todos, pero tenía mucho vicio de celebridad. Y cuando le tocó a él, vino cojeando. Pero eso era para demorar los aplausos. Al acercarse a mí, le dije: «Descaráo, tú no tienes nada en la pata». Él estaba acostumbrado a la toma uno. Pero el cine no se puede hacer con toma uno, porque si sale mal, el director no puede volver a filmar. Cada vez que terminaba una escena y Titón le decía: «De nuevo», él protestaba: «Buena, buena pa´ mí». Titón le contestaba: «Es buena para ti, pero no para los demás». Santiesteban era muy profesional y cumplidor, si lo citaban a una hora, allí estaba sin falta. Pero lo traicionaba la vanidad. Estaba disgustado en la filmación. Recuerdo que al final de la película, Titón situó una cámara fija detrás de unas cabillas para grabar una escena. La hicimos, pero la cámara principal no había funcionado. Entonces él empezó: «Yo he estado muy mal protegido. Yo he hecho 36 películas». Y Titón, ni corto ni perezoso, le contestó: «Sí, pero todas malas, ¿sabes?».

¿Es cierto que usted era el actor preferido de Gutiérrez Alea?

No es verdad. Titón no tenía preferencias con nadie. Si tenías condiciones para trabajar, te daba el papel, y por eso hice cuatro películas con él. En todo caso, le gustaba más Sergio Corrieri.

¿A qué atribuye que tres frases de Cheíto León figuren entre las diez más recordadas del cine cubano?

Los diálogos se construyen en un buró. Pueden estar bien, pero siempre sugieren algo. Y yo improviso. Claro, hay que tener la conciencia de que no siempre lo que se improvisa es bueno. En ocasiones, es una bobería o no sirve. En «El hombre de Maisinicú», Cheíto León está tratando de sacarle a Alberto Delgado que él es del G2. Lo llamo, empezamos a conversar, pero él es mi enemigo. Están haciendo café y mando a que le den. Él toma y dice: «Buen café». Y yo le contesto: «Especiaaal pa´ los amigos». Eso es una estocada. Frases así han quedado, y algunas son producto de la improvisación. He tenido suerte. Quizás es casualidad. El papel que me había dado Manolo Pérez no era el de Cheíto León, sino El Carretero, que políticamente tenía más connotación, pero como personaje dentro de la película estaba mal colocado con dos o tres escenas a mitad del filme. Pasaba el metraje y lo que había hecho, se lo comía la historia. En el Escambray no pagaban. Yo perdí una camisa y un par de botas: una camisa mía y un par de botas que me dieron y me robaron. Seguí leyendo y al final apareció Cheíto León, un pequeño papel, pero de más actividad. Le dije a Manolo: «Mira, el que tú me das, a mí no me interesa. Ahora, si me dejas Cheíto León, me voy a pasar hambre allá al Escambray». Al día siguiente me dijo que sí. Cuando la redacción del diálogo de mi personaje no se acomodaba a su carácter, hablaba con él para ver si era posible recomponerlo. No pedía nada para destacarme, sino para arreglar al personaje.

¿Cómo le fue en Mascaró, el cazador americano?

Me llevaba muy bien con Rapi Diego. Me ayudó mucho a entender el personaje y por ese papel, se me concedió aquí el Coral. Sentí mucho su muerte. Quería llamarlo por esos días, pero había perdido su teléfono en México.

¿Y considera que esa es su mejor actuación?

No, hay otras que me parecen más logradas. La de Cheíto León, por ejemplo. Está más cerca del pueblo cubano. «Mascaró…» tiene un tema más extranjero. Las películas se hacen para los amigos. Si tienen éxito y van al exterior, bien. Pero los que están cerca son quienes determinan. Y creo que «El hombre…» es la más exitosa de mi carrera. He hecho pequeños personajes que se han destacado, porque me sacan del filme. En la televisión, lo más relevante que he conseguido es Melesio Capote. Mucha gente me llama por ese nombre, no por el mío. En una de las escenas, recuerdo que una maestra me pide: «Dígame una palabra». Melesio responde: «Mi casa es mía». Esa expresión, que es pura ocurrencia, son varios los que aún la repiten y eso me regocija.

¿Cuál es la actuación suya que menos le satisface?

Todas me satisfacen. Porque una vez terminadas, me han servido para mejorar las próximas.

¿Qué podría revelarnos de su experiencia en «El misterio Galíndez»? ¿Le fue bien compartiendo la escena con Harvey Keitel?

Esa película está hecha en inglés y español. Gerardo Herrero, el director, vino aquí para buscar un actor cubano de unos setenta años que supiera inglés, pero no lo encontró. Le pusieron unos rushes, me vio y dijo que yo era el actor que quería. Le dijeron: «Pero ese no está aquí». Livia, una productora, le dio el teléfono de mi hija y él me llamó desde España. Me preguntó si sabía inglés y le dije que sí, pensando que realmente sabía. Fui a Canadá a ensayar con la actriz Saffron Burrows, y cuando me escucharon, una asistente de dirección inglesa aseguró que no me entendía una palabra. Se me cayó la cara de vergüenza. Ante esa catástrofe, Herrero decidió que, si yo era cubano y hablaba español, y la protagonista hablaba en el mismo idioma con los dominicanos, ella podía hacerlo también en mi caso. Cambió al español las escenas con Burrows y eso me ayudó. Pero luego, los españoles me tradujeron todos esos fragmentos con su sintaxis. Y eso no daba naturalidad, porque soy cubano, no español y mis acentuaciones son distintas. Le dije al director: «Esto que tú me has dado aquí es un caldo gallego. Voy a respetar palabra por palabra los diálogos, pero las frases las voy a fabricar yo como cubano». Él me lo permitió, me senté con la esposa de mi hijo en la computadora y comencé a dictarle. Cuando llegó mi parte en inglés, me pusieron un coach de acento. Yo sabía pronunciar, pero mal. Es una lengua con sutilezas, con conexiones necesarias. Se habla en bloques de sonido y yo no lo hacía así. Fui para Miami. Faltaban quince días para la próxima prueba, y le pedí a un amigo que me consiguiera un profesor de fonética. Me propuso a un muchacho cubano, actor también, que marchó de niño a los Estados Unidos y que se dedicaba a eso. Escuchó mis parlamentos y me advirtió que ni malanga me iban a entender si hablaba así. Me grabó todos los diálogos, y me aseguró que, si me los aprendía, no tendría ningún problema. Dormía menos de tres horas al día. Escuchaba la grabación, la practicaba sin cesar. Cuando el profesor me escuchó, le pareció bien. Entonces fue que respiré. El día de la prueba, se sentaron conmigo el director, la asistente de dirección y el coach de acento. Empecé a hablar y cuando miré a la asistente, estaba boquiabierta. Repetía: «Perfecto, perfecto». Después, muchos calificaban a mi personaje como un success. Llevaron la película a San Sebastián, donde no me conocía nadie. Al día siguiente del estreno, ABC, el periódico más popular de Madrid, decía: «A veces esta película tiene timbres mágicos y se debe a un desconocido y extraordinario actor con años para regalar, posiblemente cubano, que coge las escenas de arriba abajo y las maneja como un yoyó para que uno se agarre a la butaca disfrutándola». Otra fue: «Muy bien los actores latinoamericanos, pero un ineludible Oscar para Don Angelito de Reynaldo Miravalles». El director, en broma, se hacía el molesto: «Coño, pero todos los éxitos son para ti». «¿Qué quieres que haga?», le contestaba. Harvey Keitel me consideró mucho. Cuando salíamos en San Sebastián, todos los fotógrafos iban hacia él, por supuesto, y siempre me llamaba a su lado y me abrazaba. Creo que ese personaje fue bien aceptado, porque soy un poquito más estudioso que otros actores. Vamos a decir que más preocupado. Muchos creen que saber decir el texto es suficiente. Las emociones tienen diferentes matices, y si las analizas, el papel sale mejor. Pero hay quienes no lo hacen. Por eso no impactan.

Cuando vio que el diario ABC se refería a usted como a un actor desconocido, teniendo una extensa filmografía, ¿se sintió mal?

En absoluto. No tienen por qué conocerme. Yo sé que he hecho cuarenta películas en Cuba, pero ellos no las habían visto. Allá se exhiben filmes cubanos sólo en festivales.

¿Estaba sugerido en el guion o es un aporte suyo que el personaje cínico sea un poco bufón?

El diálogo es palabra muerta, con un millón de acentuaciones si tú se las das. La hipocresía es fabricada por mí para el personaje. A veces, en una situación de ficción tienes miedo, pero le quieres demostrar al otro individuo que no es así. Estás queriendo evitar que él se percate, pero se da cuenta, te tiene que salir a la cara, brotarte. Pero esa sensación no emerge por apretar un pinchito, se nota porque lo sabes administrar.

¿Qué le inspiró a protagonizar «Cercanía»?

Se hizo a muy bajo costo, pero me gustó la historia que contaba. Filmábamos durante doce horas todos los días. Cuando único descansábamos era el domingo, y terminamos en mes y medio. A los cubanos les gusta la película. Recrea una situación muy propia de los viejos en Estados Unidos. A los ancianos se les relega. La mayoría de la gente mayor va y tiene que hacer locuras para poder subsistir. Tengo situaciones muy graciosas y algunas que lo son menos. Ahora, soy toda la película, no por el éxito, sino porque aparezco desde el principio hasta el final, siempre estoy en escena, y eso no es muy beneficioso. El espectador se cansa de esa imagen que se repite. La película tiene noventa y tres llamados, y solo no estoy en tres. Rolando y yo somos íntimos amigos, trabajé con él en su primera película Los pájaros tirándole a la escopeta y estoy aquí precisamente porque sé que se va a proyectar Cercanía y quizás con mi presencia puedo ayudarlo en algo. Así veo a mis hijas, a mis nietos y bisnietos.

¿Cómo estudia un guion?

Lo primero que hago es analizar si mi personaje tiene un conflicto y si ese conflicto es fácil de entender.

¿Por qué cree que, a pesar de su calidad probada como actor, no ha recibido propuestas de trabajo en la industria del cine estadounidense?

Precisamente porque no soy norteamericano. Para trabajar en Hollywood, aunque puedes ser cubano o francés, lo primero que tienes que saber es el idioma. En segunda, debes buscar un agente que te represente, y en tercera, cuando eres extranjero, necesitas un nombre para que te den posibilidades de integrar el cast de una película. No es fácil trabajar en el cine americano. Los actores latinos que lo han conseguido, como Andy García y otros, hablaban inglés desde niños.

¿Usted trabajaría en una película rodada en Cuba si se lo propusieran?

Depende. Me resulta difícil decir «sí» o «no». He rechazado muchísimas películas. Trabajé en cuarenta, pero decliné en más de quince ocasiones, porque no me gustaban los personajes o porque pensaba que no tendría la capacidad de interpretarlos.

 ¿Qué les recomienda a quienes aspiren a su versatilidad, a sus dotes actorales, lo mismo para la comedia que para el drama?

No sé qué recomendarles. Actuar es una profesión que se aprende con el sistema Stanislavski. Se estudia, como la medicina, como cualquier otra carrera. Con talento, se sale adelante. De lo contrario, aunque se conozca el camino a seguir, no se llega a ninguna parte.

¿Cómo es ahora un día en la vida de Miravalles?

Tranquilo. Estoy aprendiendo más inglés. Me entretengo haciendo artesanías que regalo a los amigos y a mi familia. Es muy difícil cuando se llega a viejo trabajar en la actuación. A no ser que el personaje que te ofrezcan sea el de un anciano y este tenga importancia. Estoy retirado. Ya tengo muchos años: ochenta y siete. No es bobería. Estoy bien, pero a veces me falla el trineo. (Se señala la cabeza) Es mejor aquí en un sentido, porque yo soy cubano, pero la vida me es más fácil allá.

¿Está de acuerdo con quienes aseguran que es una leyenda del cine cubano?

Me río cuando me dicen que soy una leyenda. Lo que sí es cierto es que posiblemente he trabajado más que nadie.

La Habana, 21 de febrero del 2010

8. La entrevista con Carlos Eduardo:

«Sin política».
Esta fue la única e inobjetable condición que el actor especificó sobre la entrevista. Para reforzar esta regla básica, Miravalles fijó a su entrevistador con una mirada impresionante, luego rompió el hielo con una frase típica de béisbol: «Tira para el plato, y yo le haré swing a lo que esté buena».
 Alto, casual y jovial, Miravalles recibió a su entrevistador con una actitud al estilo Hemingway, con los pies descalzos en el suelo. Luego se establecieron en lo que los cubanos llaman una conversación «a piernas sueltas».
PERIODISTA (P): Mucha gente piensa que su última incursión en el cine cubano antes de salir del país fue «Alicia en el pueblo de Maravillas» (1991). Pero a esta película le siguieron Mascaró (1992) y «Quiéreme y verás» (1993). ¿Cómo te sientes al volver al cine aquí después de 19 años? 
MIRAVALLES (M): No he hecho ninguna película en Cuba en 19 años porque no vivo en Cuba. Amo Cuba, pero vivo en otro país. Porque necesito tener otra forma de vivir.
«Esta película tiene una historia sobresaliente, creo, extraordinaria. Y he aceptado la historia, el ar-gu-men-tocon énfasis—. Cuando digo la historia, me refiero a todo, ¿lo entiendes? Es un placer para mí y un placer para los que trabajan aquí. Cuando me encuentro con mis amigos es como si los hubiera visto ayer o el día anterior, porque nunca he tenido ningún conflicto con nadie. ¡Nunca!».
«Tengo cierta credibilidad aquí en Cuba, y viendo que tengo eso, si hubiera vivido en este país, mi país, y no hubiera estado viviendo en el extranjero en un país que no es mío —lo que se me permitió hacer por razones familiares—, habría hecho muchas más películas. Ahora que hay una oportunidad de hacerlo, me han invitado a hacer una película. Y me siento satisfecho de hacerla, porque es una muy buena película, la historia está bien escrita, los actores son todos buenos, y la película será un crédito para el cine cubano».
P: Usted tuvo un papel protagónico en varias obras importantes del cine revolucionario cubano, como «Historias de la Revolución» (1960), «El joven rebelde» (1961), «Las 12 sillas» (1962), «El hombre de Maisinicú» (1973), «Los sobrevivientes» (1978). ¿Cómo te acercaste a tus personajes en estas películas? 
M: Construyes esos personajes, cuyas vidas ya están escritas: un tipo con sus propias características y experiencias. El autor me proporciona esto, y yo lo convierto en una persona real. Poco a poco me doy cuenta de que tal vez este tipo se comporta de una manera que yo personalmente no lo hago. Pero lo conozco, lo he visto, así que tomo estos rasgos, como ponerme un abrigo. Así es como lo haces en el cine.
P: No has aparecido en muchas películas últimamente.
M: Si no vives en tu país, es difícil ser elegido. Pero para esta película, no había muchos actores de la edad necesaria. Los ancianos en las películas solo están allí para abrir la puerta y decir: «el dueño no está en casa», y cerrar la puerta. Las historias sobre personas mayores realmente no existen. No solo estoy hablando de mí, soy muy viejo, casi un siglo de edad. Pero muchos actores estadounidenses famosos no aparecen en las películas ahora. Financian las producciones cinematográficas pero sus rostros no aparecen en pantalla. (risas) Además, si me ofrecen una película con una historia que creo que no es muy buena, no la hago. Aquí, me han ofrecido muchas películas, no voy a especificar. Pero si no me interesa una película no la hago, porque me costaría prestigio.
«Así que Chijona encontró a un actor tan viejo como tiene que ser el personaje de esta película, y me invitó a venir a Cuba. Lo primero que dije fue: “Hay que darme el guion para ver si me gusta. No es una cuestión de economía, sino de guion”. Me dieron dos borradores que eran demasiado amplios para mi gusto, y dije que no. Luego trajeron otra versión que pensé que funcionaría, y acepté venir a hacerlo. Antes de esto, había venido varias veces a ver a mi familia, y nunca he tenido el menor problema».
P: Cuéntanos sobre las cosas divertidas que han sucedido durante tus visitas a La Habana.
M: De acuerdo, te diré una cosa que fue inusual. Rolando Díaz está haciendo un largo documental en el que hablo del trabajo que he realizado. Le dio a mi familia cinco entradas para el Teatro Karl Marx para ver el fabuloso espectáculo «Amigas»de Lizt Alfonso. Después del espectáculo, me dijo: «Siéntate allí un rato; esperaremos a que algunas de las personas se vayan». Cuando comenzaron a irse, comenzó a tomarme fotos. Al principio la gente no sabía quién estaba siendo fotografiado, pero finalmente me reconocieron. Y comenzaron a hacer un gran alboroto, muy emocional. La gente agarró a sus hijos y los empujó a abrazarme. Había una señora gorda que me vio y me dijo: «¡Miravalles, estás vivo!» (¡Ja-ja-ja!) Y dije: «¿Por qué no estaría vivo?» (¡Ja-ja-ja!) Empecé a salir del teatro y había mucha gente gritando, saludando y dándome la mano, con mucha alegría al verme.
«Nací en El Callejón del Chorro, en la Plaza de la Catedral. Viví allí hasta los tres o cuatro años. Volví allí, para que la gente supiera que había nacido allí. Más de 60 personas se acercaron para hablar conmigo, hacer bromas conmigo, y yo hice bromas con ellos. Este país está en mí. Soy un hombre feliz porque la gente aquí reconoce mi trabajo. Esto ha sucedido varias veces. Me aplauden calurosamente. Cada vez que vengo aquí estoy feliz. Es mi patria. Dondequiera que viva, esta es mi patria».
P: A sus 89 años, interpretar este papel protagonista en «Esther (en cualquier parte)» debe haber sido un reto para ti.
M: El tipo que escribió el guion es muy inteligente. Molina —la contraparte del papel de Miravalles— es un hombre joven. Cuando era más joven cogí una Biblia y memoricé 15 páginas. Ahora me lleva más trabajo que eso memorizar una página. Así que mi diálogo en esta película no es de discursos largos. De lo contrario, no podría haberlo hecho, porque mi cabeza para eso no es tan buena en estos días. Este es un diálogo conversacional, por lo que es mucho más fácil de aprender. ¿Pero desafíos? No tengo desafíos. Lo que tengo que ver es que el guion está bien escrito, la historia es interesante, que el director y el director de fotografía son buenos, trabajar con actrices y actores brillantes. Una vez que todo eso está en su lugar, hago mi trabajo.
P: Prestigiosas figuras de la escena cinematográfica cubana que completan el elenco de «Esther…»  han dicho que estaban encantados de compartir el crédito con ustedes en esta película.
M: Así es. Todos son mis amigos. Sentí el mismo afecto cuando viví aquí. No tengo dificultades con nadie.
P: Durante el rodaje, Chijona dijo muchas veces que trabajar contigo lo hacía sentir como si estuviera trabajando con su padre, que también era muy longevo. ¿Sentiste esto?
M: Seguro. Tengo la edad adecuada para ser su padre. Pero cuando estoy trabajando, no pienso en nuestras edades, ni en las mía ni en las suya. (risas) Mi única preocupación es la edad del personaje, ¿verdad? Chijona es una persona inteligente. También es muy amable. Él sabe lo que quiere, y lo que quiere es correcto. Así que seguí su ejemplo.
P: ¿Qué esperas de «Esther en alguna parte»?
M: Espero que la película tenga éxito. Pero depende del público decirlo. Es decir, si el público no lo cree así…, nos lo tomaremos emocionalmente. «¡Coño, nos salió mal este pastel!». Por supuesto, la película tiene una trama interesante. Pero el público no va a ver tramas interesantes. Van a ver una película que es entretenida, y tal vez dirán: «¿Qué demonios están haciendo estos dos viejos aquí?» (risas) Y pueden tener razón. Así que tendremos éxito o no. Pero es una película con buenos valores. Veamos cómo va.
P: Interpretar un papel principal en una película a tu edad, ¿podría ser un récord Guinness?
M: Claro, es un récord Guinness. No lo revisé, pero no conozco a ningún otro actor de 89 años que interprete un papel principal en una película.
P: ¿Seguirá actuando Reynaldo Miravalles?
M: No es fácil. El cine, como mencioné, no es para personas mayores. Y si hay un personaje mayor, está ahí por un rato. Las historias en casi todas las películas están escritas para los jóvenes, no para los viejos. Creo que una oportunidad como esta no es común. Después de todo, voy a tener noventa años.
P: Muchos artistas son recordados por un trabajo que ellos mismos no consideran el mejor. En tu caso, está claro que los personajes por los que más te recuerdan son el campesino Melesio —muy popular en la televisión cubana—, y Cheito León en «El hombre de Maisinicú». ¿Estás de acuerdo con eso? Cuando se trata de tu trabajo, ¿el gusto del público coincide con el tuyo? 
M: Todos los personajes que interpreté son mis hijos. Y los amo a todos, sin importar dónde esté. El público elige los personajes y las historias. Hay otros que también son buenos, y son bienvenidos. No todo tiene que ser muy exitoso. Creo que estos son buenos papeles, y otros también, por ejemplo, mi personaje en «Las 12 sillas». Cada uno tiene su importancia, su valor, pero hay algunos que son más populares. En Miami, estaré en mi auto o caminando y la gente gritará: «¡Melesio!» ¡Todos los días! Hay muchos cubanos en Miami que han visto ese programa de televisión.
P: ¿Qué se siente al saber que muchos cubanos que viven en Cuba y en el extranjero lo consideran uno de los mejores actores cubanos de todos los tiempos?
M: No creo que sea mejor que nadie. Tal vez he tenido más suerte que algunos. Pude participar en películas dirigidas por excelentes y conocedores directores, y hay otros que no pudieron. Pero hay otros actores que tienen las mismas fortalezas que yo.
P: Cuéntanos sobre la familia que tienes en Cuba, que también funciona como una especie de oficina para ti aquí.
M: Me aman como parte de la familia. La gente aquí está tranquila, tranquila. Mis dos hijas están aquí, mis nietos y bisnietos. Tengo una gran familia. En los EE.UU. tengo un hijo y una nieta. Y muchos nietos aquí. (risas)
P: ¿Qué nos puedes decir de Nena, una persona que te vigila de cerca, que ha sido muy amable con nosotros durante esta entrevista, a pesar de que no está del todo bien de salud?
M: Nena es mi esposa. Hemos estado casados 50 años. Nos llevamos bien. Tenemos nuestros conflictos, pero somos marido y mujer. Y amigos. Ella es absolutamente esencial en mi vida.
P: Además de actuar, ¿qué otras cosas te gustan hacer?
M: Cuando no tengo trabajo como actor, disfruto haciendo pequeñas tonterías hechas a mano. He hecho collares. Hice esa lámpara allí. Muchas cosas así. Las hago por placer. Durante un tiempo hice collares como loco. ¡Qué cantidad de ellos! No te daré uno porque no lo usarás. Son para mujeres, ¿verdad? (risas)
P: Tu relación con el arte no comenzó con la actuación, sino con la pintura. ¿Por qué no lo seguiste?
M: Porque no pude. Era joven y me encantaba dibujar. A los 17 años me matriculé en la escuela de pintura, en las calles Reina y Gervasio, y estudié allí de noche durante dos años. Pero durante los siguientes dos años, la escuela estuvo ubicada en la calle Dragones y el curso se impartió durante el día. Y durante el día tenía que vender las pequeñas cosas que había hecho, para sobrevivir y ayudar a mi madre. Así que no pude continuar mis estudios. Junté un poco de dinero, unos cien pesos, con un socio, y entre los dos compramos un pequeño café sin nada en él, en la calle San Rafael. Empezamos vendiendo leche, poco a poco.
«Después de un año allí, conocí a un tipo que hacía radio en Cadena Azul, pero solo dos o tres líneas aquí y allá, y ganaba muy poco. Le di café con lechegratis, porque no tenía dinero. Un día le pregunté sobre su trabajo y me dijo: “¡Soy artista!” Le dije: “¡Coño, eso es bueno! Sabes, me gusta eso”. Me gustó todo lo relacionado con el arte. Luego, otro tipo formó un grupo de radio y dijo: “¿Quieres unirte a nosotros?” Le dije: “¡Seguro!” Me dieron un papel, con unas líneas para mí, e hice tres programas que se emitieron. No duraron mucho, pero había hecho tres programas. Y me dije: “¡Coño, quería ser actor, chico!”».
«Había una famosa actriz de radio, Enriqueta Sierra, que daba clases. No a mucha gente, pero ella nos aceptó a mí y a esta chica. Pero después de 20 ó 25 días, se enfermó y nos dijo que ya no podía dar clases. Estaba muy triste, pero ella me envió a otra señora que tenía un grupo de actores de radio. Empecé a trabajar allí en la Cadena Azul, en el Prado. No me pagaron nada. ¡Nada, nada! Hacía dos shows todos los días. Seguí aprendiendo. Todavía tenía que vender café. Vivía en el Prado en un pequeño departamento que costaba tres pesos. Me quedé sin dinero. ¡Me quedé sin nada! ¡No trabajé en absoluto! Comencé a ir a la estación para sentarme allí de 7 a.m. a 8 p.m., solo para aprender. Todos los días, para aprender de las personas. Y así lo hice, poco a poco, poco a poco, hasta que me desarrollé como actor».
«Mi deseo de aprender nunca disminuyó, que es lo más importante. Si quieres ser un profesional debes esforzarte hasta llegar allí. Empecé de cero, hasta que logré cierto reconocimiento. Mi consejo para los jóvenes, aquellos que quieren llegar a algún lugar, es: No se sientan demasiado orgullosos, no traten de ser más intelectuales que nadie. Tal vez al principio no ganarás mucho dinero, pero mejorarás gradualmente. Yo llegué allí. Y mientras siga…, leo guiones, hago un proyecto si quiero, y si no, lo devuelvo. Al principio acepté todo. Todo, todo. Pero aprendí. Ahora, pienso primero».
P: Voy a hacer la última pregunta habitual: ¿Cómo te gustaría ser recordado?
M: Como la gente quiere recordarme. Que digan lo que piensan. Más que eso, no. ¡Después de que muera, la ola ha terminado! (risas)

9. La entrevista con Charly Morales:

El día del estreno de Esther en alguna parte, Reinaldo Miravalles entró en Chaplin
En medio de nuestra conversación, los integrantes del dúo Buena Fe se acercaron a saludarlo y cantar el sencillo Melesio tenía razón, inspirado en el personaje popularizado por Miravalles en la radio y televisión cubanas…
– ¿Cómo estás, maestro? – Israel saludó, seguido por Yoel.
– ¿Ustedes son Buena Fe? ¡Jaaaaaa!
Miravalles preguntó sobre el reciente concierto en Miami, e Israel dijo: «Hubiera sido un honor tenerlos en el concierto». Cortés y rápido, el actor respondió: «Hubiera sido tan feliz». Yo también…
Contaron cómo llegaron a cantar a Melesio, gracias a ese «expediente errante» que es Frank Delgado, sobre el campesino reacio a afiliarse a cooperativas. Los muchachos de Guantánamo, por decir lo menos, los muchachos de Buena Fe estaban locos por hacer un changüí, y la historia de ese campesino les dio la base.
«Melesio nació filmando en el Escambray —Miravalles evocado— con condiciones terribles, apenas tres dólares para el almuerzo, y el personaje fue una historia en su vida. Escuchando a la gente, un día me encontré con un campesino que me dio el tono que quería. Bueno, en Miami la gente nunca me llama por mi nombre cuando me reconocen en la calle, siempre me llaman Melesio».
A un lado escuchando en silencio está Javier Méndez, excentral de Industriales y del equipo de Cuba, y viejo amigo de Miravalles. Nos cuenta que cuando estaba en Italia y tenía nostalgia solía ver online «El hombre de Maisinicú» y «Los pájaros tirándole a la escopeta» (dos películas protagonizadas por Miravalles).
«Javier me dio muchas alegrías en la pelota. Recuerdo cuando arruiné un no-hitter de René Arocha, jugando en el municipio de Regla. Pasé algún tiempo divino, porque la gente me volvió loco. Además, Javier fue el único en jugar a la pelota dura. Esos chicos, Javier, El Duque, jugaban una pelota preciosa», dijo Miravalles, hincha incondicional de Industriales, como todos los buenos hinchas de Almendares…
Ya más lento, hablamos de su salud y de la película que lo trajo de vuelta a Cuba. Antes de la proyección a la prensa, cuando le pregunté qué criterios esperaba, me espetó «vamos a tirarle piedras a los que no les guste», y soltó una de sus repentinas risas.
En serio, comentó que no se siente como una estrella, solo como un ser humano normal, un cubano que está satisfecho, pero sin pomposidad. Conocido por su versatilidad, dijo que cada papel implica un conflicto, una actitud que depende del intérprete desentrañar. Sobre «Esther …» dijo que está muy bien escrito, es fácil de aprender y que la conversación fluye.
¿Y cuánto tiempo actuarás?
«Mira, estoy feliz de haber llegado a 90 años en forma. No sé cuánto tiempo voy a filmar, porque ya no hay historias para personas mayores. Nadie va al cine a ver a los ancianos, ni siquiera a los estadounidenses. Esta película fue hecha para nosotros, y agradezco a Chijona por haberse acordado de mí», respondió.
¿Cómo se siente al regresar a Cuba?
«Me fui en 1994 por asuntos familiares, y pasaron 15 años sin que volviera, porque no podía. Cuando me lo permitieron, vine, porque soy padre, y mi país es este. Para ser claros, puedo vivir en cualquier país, pero mi país es este, es Cuba», concluyó.
 

10. Las cartas de Padrón y Dalton:

Aquí está el texto del artículo como fue publicado en marzo de 2013 en thecubanhistory.com:

El realizador Ian Padrón lanzó este martes la propuesta de otorgar el Premio Nacional de Cine que otorgan anualmente las autoridades culturales cubanas al actor Reynaldo Miravalles, residente en Miami.
En una carta abierta distribuida en la internet, Padrón se cuestionó que Miravalles, que cumplió 90 años el pasado enero, no haya recibido la máxima distinción otorgada a los cineastas cubanos por el simple hecho de residir fuera de la isla.
“Ante la historia y mi tiempo, dejo clara mi inconformidad con esta triste omisión y le pido al ICAIC [Instituto cubano del Arte e Industria Cinematográficos] de Cine] y al jurado elegido que tengan en cuenta a Reynaldo Miravalles para la próxima votación del premio. Como cineasta cubano lo propongo en el cupo que supuestamente tengo cada año para escoger un candidato”, escribió Padrón, director del filme Habanastation.
El Premio Nacional de Cine fue instituido en el 2003 para homenajear la trayectoria y el conjunto de la obra de un creador cinematográfico vivo y residente en Cuba. Desde entonces se entrega cada marzo, coincidiendo con la fundación del ICAIC en 1959.
Miravalles se encuentra actualmente de visita en La Habana, adonde viajó para asistir al estreno de Esther en alguna parte, de Gerardo Chijona, presentado en premiere el pasado 20 de febrero en la sala Charles Chaplin. Su presencia en el lugar fue recibida con una ovación a sala repleta, con el público puesto de pie.
Es la primera película cubana en la que participa Miravalles tras su salida de Cuba en 1994. el actor regresará a Miami el próximo 3 de marzo.
“Si queremos una Cuba ‘Con todos y para el bien todos’, honremos a las personas que forman parte de la Ceiba Madre de nuestra cultura y abracemos a todos los cubanos de bien; vivan donde vivan y piensen como piensen”, escribió Padrón.
En pocas horas, la propuesta ha recibido ya respaldo de numerosos artistas cubanos de dentro y fuera de Cuba. Desde El Salvador, el realizador Jorge Dalton apoyo la iniciativa.
A continuación, reproducimos el texto de las cartas de Padrón y Dalton:

IAN PADRON, CINEASTA CUBANO
Seamos honestos:
Reynaldo Miravalles se merece el Premio Nacional de Cine
(Carta abierta del cineasta Ian Padrón a la Cultura Cubana)
Personalmente he visto a Reynaldo Miravalles una sola vez y fue hace una semana frente al ICAIC. No soy su amigo. Solo pertenezco a los millones de admiradores que en Cuba y el mundo han disfrutado la obra de este actor que ronda ya los 90 años de edad.
Mencionaré solo tres de los grandes personajes interpretados por Miravalles a lo largo de una carrera de más de 50 años en el audiovisual cubano: El inolvidable guajiro Melesio Capote junto a Eloísa Álvarez Guedes, el guagüero machista enamorado de Consuelito Vidal en Los Pájaros tirándole a la escopeta y su magistral Cheíto León… antagonista de Sergio Corrieri en El hombre de Maisinicú. Bastarían estos para proclamar inobjetablemente que Miravalles es un maestro imprescindible a la hora de narrar la historia del Cine Cubano.
Aun así, Reynaldo Miravalles no ha recibido aún el PREMIO NACIONAL DE CINE que cada marzo entrega el ICAIC.
A mi juicio, La Cultura Cubana y sus autoridades tienen ante sí un dilema histórico:
Miravalles está en Cuba,
trabaja con Cuba,
está vivo con 90 años… en Cuba,
y ha dado su vida por el Cine de Cuba…
y por no residir en Cuba… no es elegible para EL PREMIO NACIONAL DE CINE…
¡Eso es ridículo!
Desde hace unos años no reside en Cuba… pero siempre ha estado ligado a su nación e incluso por estos días estrena en La Habana su más reciente filme en el cine cubano, dirigido por Gerardo Chijona.
Ante la historia y mi tiempo, dejo clara mi inconformidad con esta triste omisión y le pido al ICAIC y al jurado elegido que tengan en cuenta a Reynaldo Miravalles para la próxima votación del premio. Como cineasta cubano lo propongo en el cupo que supuestamente tengo cada año para escoger un candidato.
Si queremos una Cuba “Con todos y para el bien todos”, honremos a las personas que forman parte de la Ceiba Madre de nuestra cultura y abracemos a todos los cubanos de bien; vivan donde vivan y piensen como piensen.
Insto además a todos los actores, escritores y artistas a batallar juntos por romper el arcaico precepto de medir la estatura moral de un cubano por su lugar de residencia en el mundo.
Miravalles quizás no piense en estos detalles y no creo los halagos sean su prioridad en la vida, pero el público cubano y el ICAIC le debemos respeto a este gran artista. Hoy -y no mañana-, démosle a Miravalles el estímulo de nuestra ética, nuestro agradecimiento y nuestro aplauso eterno.


JORGE DALTON, CINEASTA CUBANO-SALVADOREÑO
Yo también me uno a la justa petición de Ian Padrón y al mismo tiempo propongo, que algún día no muy lejano, un certamen nacional de poesía pueda llevar el nombre de Heberto Padilla u otros encuentros literarios se llamen Guillermo Cabrera Infante o Reynaldo Arenas. Hacer monumentos a Celia Cruz o Chano Pozo. Que la Cinemateca de Cuba lleve el nombre de Enrique Díaz Quesada, el pionero del Cine Cubano y de la misma forma, construir un Rincón de la Fama, un sitio grandioso, alegre, que sea un símbolo para los encuentros de aquí y de allá, más grande y más importante que el Comité Central del Partido Comunista, pero muchísimo más grande, señores!!!, donde estén: Guillermo Portabales, La Lupe, Tres Patines, Los Hermanos Rigual, Anibal de Mar, Paquito D’Rivera, Patato Valdez y miles y miles de cubanos y cubanas que fueron, son y serán parte de la Cultura Nacional y de la patria. Y para que nunca más se le ocurra a alguien por muy poderoso que sea, en los años y siglos que se avecinan, volver a desterrar sus cuerpos, talentos y sus nombres de la faz de Cuba.

Publicado por jmhernandezgonzalez

Cubano por nacimiento y corazón. Amigo de quien se lo merece, porque nada comparable con el amor a la familia como la lealtad a un buen amigo. ¿Escritor? Solamente sé que escribir para mí es más que multiplicarme en la inmensidad del tiempo y el espacio dando campanazos de imaginación.

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