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Regreso a compartir las tareas que se nos asignaron en este taller del cual les hablé con anterioridad. Como la vez anterior, espero que les guste y me dejen sus comentarios al respecto.

Tarea: Monólogo con palabras. «Nuestro parque». Las palabras asignadas, en las que debía basarse el texto, están en negrita.

Al único sabio que conocí en persona: mi padre.

He vuelto a sentarme en el banco amarillo junto a la farola en el parque del barrio. Más allá de la avenida y el muro el mar insiste en precipitarse tras el horizonte. Como siempre, no hace falta la primavera para que la traviesa naturaleza ponga a su jardinero a regarnos con su lluvia cálida, sonora, viva, pero no perpetua, pues llega el momento en que el sol extiende los brazos y separa la cortina, aparece tras ella, lento, pero indetenible como un elefante celeste, volviendo a ganar la batalla, ahora con su luz, como en otro momento lo hizo con su calor para quitarle la camisa al caminante, lo cual no pudo el viento. Ese inconfundible olor a tierra mojada llena mis pulmones.

Grita de ganas por imponerse el amanecer.

Los rayos van secando bajo mis pies el empedrado camino que atraviesa el túnel —puente si se mira desde la avenida— y se abre en la explanada en arco donde el muro semeja un balcón público, pues cualquiera puede asomarse a la bahía en él.

Ya no se escucha al carpintero anunciarnos su horario de trabajo en el sucio árbol de la esquina, ni existe tampoco un ejército de pequeños detalles que antaño parecían pueriles, irrelevantes. Por eso aprieto los ojos y, entonces, todo se materializa como tocado por una vara mágica.

Mi mente se aferra como un pulpo a tu recuerdo: de voz sonando a poema en el cual los ojos tras las gafas remendadas son sus versos. Y tus dedos en mi cabello. ¡Me duele el reloj porque no se detiene en el tiempo! El que terció la carroza, los pajes y los caballos en la ordinaria calabaza rodeada de ratas.

Abro los ojos; el paisaje cambia.

Beethoven se empecina con su novena sinfonía en mis oídos a pesar de que esto es una oda a la tristeza. Quizás sea solamente la imagen que explica tu esencia: un ser capaz de admirar la belleza del entorno con la sexta aun cuando la turbulencia por dentro tronara con acordes de la quinta. Príncipe y mendigo. Portento intelectual que jamás reparó en la intrascendencia de su zapato o su pantalón.

Pero muy bien pudiste haber sido de Tchaikovsky. Igual no llegué a conocerte a fondo tras el hermetismo emocional de tu sonrisa y tus chistes. Y tu sabiduría en cascadas. Así que tampoco podría decir si eras de orquídeas o margaritas. Sin embargo, el poeta cultivó una rosa blanca. Por eso fue mi elección. Su frágil, clara, poética presencia como epitafio en tu lápida.

Y los recuerdos.

TAREA: Describir un objeto o persona de renombre en la literatura. «Excalibur»

Aun sin estar desnuda, en la funda, es una imagen de fuerza abrumadora. Nadie puede decir si la forjó Vulcano y la furia del martillo le dio la fortaleza a su cuerpo, pero todos saben que su alma lleva la musculatura de la piedra únicamente vencida por la mano del líder indiscutible, para cuyo agarre se remató la longitud precisa de la hoja con la empuñadura destinada a encontrar su igual perfecto, mágico, real.

Una de las cosas bellas que me he leído en mi vida es el Libro de las preguntas, obra póstuma del poeta chileno Pablo Neruda, que plantea preguntas poéticas a las que el poeta dejó sin respuestas. Nació de la compilación de cuestiones que Neruda iba planteándose a lo largo de su vida: animales, cosas, personajes históricos, plantas, el sol, a los villanos, al mundo y a sí mismo. Tengo, como uno de mis proyectos, «contestarle a Neruda», y de esas respuestas aquí les traigo la primera.

«La alegría en el sacrificio de Sandita»

¿De qué se ríe la sandía cuando la están asesinando?

Pablo Neruda: El libro de las preguntas

Sandita parece ínfima entre todas las sandías del huerto. Un día que se fijó en cómo los hombres se llevaban a los mayores de su familia, preguntó a su madre por qué no eso no la entristecía.

—Hijita —dijo la madre—, todos en la vida tenemos un propósito. El nuestro es alimentar a los hombres, así que es un honor y un placer ser escogida para cumplir ese objetivo.

A partir de ahí, Sandita esperaba cada día que la escogieran para alimentar a alguien. Pero la noche siempre caía con tristeza sobre ella por perder su turno ante el resto de los adultos.

Un día, dos hombres caminaban por el surco:

—Recuerda, Celedonio, tiene que ser muy tierna para el caldo —le señaló uno al otro—. Solamente así le podemos curar el malestar, sino será peor.

¡Celedonio la escogió a ella! Sandita sintió una alegría sin límites por haber sido seleccionada para alimentar a los hombres. Mas, al entrar en la casa de manos del campesino y ver a la pequeña de la familia sudorosa, febril, con carita compungida en su cama, comprendió cuál era su propósito.

—Mira, Celina —le mostró Celedonio a su esposa—. Esta es la única sandía tierna que tenemos.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la mujer—. Con esa curaremos a la niña, Celedonio.

Sandita ya sabía que los hombres no entienden el lenguaje de las sandías, por eso no le entristeció que no oyeran su agradecida risa mientras la cortaban.

2 comentarios sobre “Publicación

  1. Estimado amigo me encantó. Una sensación dulce que me decía: serán felinos o humanos? En fin un erotismo rico, agradable y poético. Un abrazo. Tu semi tocayo de la Lenin

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