Publicación

Como antesala a un proyecto más ambicioso, quizás en un futuro próximo, aquí les dejo algunos cuentos para que se hagan una idea si valdrá o no la pena darle un chance a los otros que, a mi entender, son mejores. Es por eso que a esta selección les he llamado «Historias menores». Espero que las disfruten, comenten y compartan. Gracias.

ABOMINABLES

—¡No debiste hacerlo y ya! —gritó el del medio, quien era el más viejo.

—No le grites, no es necesario —intermedió el más alto, que era el más joven.

—Déjalo —dijo el tercero, el más bajito—. No es sino un «tra­catán».

—¡¿Qué cosa?! —chilló el primero—. ¿Qué palabra «terrestre» es esa, cromchitón?

—¡Por favor! —se alarmó el alto—. No usen ofensas. No llevan a nada y no voy a interceder en una riña.

—¡Tracatán! —gritó con énfasis especial el pequeño, también el más gordo—. ¡Mequetrefe!

—¡Otra más! —El viejo se llevó dos tentáculos delgados al ovoide remate de su parte superior—. ¡¡Gramchacaful!!

—¡Bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

La puerta de la cabina se corrió en silencio y alguien apareció, gigante, voluminoso, de un verde fosforescente más brillante que el de los tres ocupantes de la habitación: el jefe de la expedición avanzó sin prisa hacia ellos.

—Artog —dijo con suavidad y el nombre llenó el recinto con el eco peculiar de la voz salida de un pozo profundo—. Te marchas mañana.

El mutismo cayó como águila sobre su presa entre los tres jóvenes. Por un largo minuto ni se movieron. Luego, el aludido, sacando ligeramente las ventosas del apéndice superior, balbuceó:

—CUMMANTEK…, yo….

—Sin comentarios, Artog —le cortó el recién llegado, alzando las ventosas con rapidez y resoplando—. Está decidido por el KU.

—CUMMANTEK… —balbuceó el del medio, haciendo vibrar las ventosas—. Permítame…

—Dime, Corín.

—CUMMANTEK… —Corín pareció tomar aliento—. Creo que la decisión es drástica. Quizás un correctivo severo vendría muy bien, pero no la expulsión.

—Corín. —Las ventosas del jefe se alzaron con suavidad; el tono fue paternal—. Que Artog te agradezca el haber intercedido por él, lo cual demuestra el fino sentido del compañerismo que siem­pre he elogiado en ti. Pero te recuerdo que ha puesto en peligro el exitoso desenvolvimiento de nuestra misión en este planeta. Tu juego, Artog, fue muy peligroso, porque las intenciones de ese terrícola, descubiertas por los especialistas al someterlo a hipnosis, estaban bien lejos de ser sanas. Entre sus pertenencias fueron hallados todos tus «regalos», las fotos que te tomó —ahora, ya veladas—, y varios equipos de caza para grandes anima­les. Así que, entérate, no iba a atraparte para realizar un estudio científico de tu persona ni tampoco para su cena, sino para enriquecerse con tu exhibición. ¿Qué hubiese sucedido al conocer­se la verdad?

El color de los jóvenes fue palideciendo. CUMMANTEK concluyó:

 —Recuerden que no vinimos aquí a burlarnos de seres con mentali­dad tan mezquina y atrasada como la de aquel sujeto, sino para realizar un estudio profundo de lo más avanzado de esta especie y, al final, establecer el contacto entre ellos y nosotros. Mereces el castigo. Mañana, temprano, el transportador tiempo‑espacio te llevará de vuelta.

Bill se irguió con el rostro deformado por el susto. Al mirar en derredor, se alarmó aún más. Se abalanzó sobre sus cosas y registró, con desesperación, hallando las cintas fotográficas veladas sobre sus cámaras. Lanzó una imprecación, furioso, al notar la ausencia de los objetos primitivos obtenidos de mano del abominable….

SHIT! ¡Cómo era posible que le hubiesen estropeado el trabajo de varios meses…, GOD DAMNED! Había logrado tomar fotografías hasta la saciedad, luego de encontrar las famosas huellas y seguirlas como un sabueso. FUCK ME, MAN! ¡Casi había tocado con sus manos al abominable hombre de las nieves! Él, primero que cualquier otro mortal en esta vida, en toda la Historia. Y aquel le había regalado varios objetos. JESUS CHRIST!  Tenía al Yeti casi en su mano¼ al no, a los¼: aquel pequeño peludo era la evidencia que existían otros, pues todo lo anterior giraba en torno a un ejemplar alto, fuerte…. SUCKERS! ¿Quién le había fulminado, de pronto, mientras preparaba la trampa para atraparlo? ¿Cómo era posible que se le escurrieran entre los dedos esos millones con los que soñara tanto?

FUCK YOU, BASTARD, SON OF A BIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIITCH!

BRINDIS DE CUMPLEAÑOS

El marido le elogió el sabor de la cena por ella preparada, pero meterse en la cocina nuevamente, después de haber dejado esa vida de mesera maloliente atrás, fue un sacrificio que tuvo que hacer, pues ya urgía alcanzar su meta: deshacerse del viejo asqueroso y quedarse con su dinero.

Por eso regresó a la cocina como parte del plan que no podía ser descubierto por la criada: envenenar cada plato de comida del condenado (bebida no porque la había dejado). La idea se la dio la propia botella que vio, casualmente, entre los productos de limpieza; la enorme calavera y la estricta advertencia (“¡NO INGERIR! PELIGRO DE MUERTE”) le mostraron la solución divina a su problema. Así que, con la diabólica sazón, esperaba que el hombre un día defecara los intestinos. ¡Pero nada aun! El muy burro parecía tener mejor digestión cada vez. Entre eso, y el tener que compartir su delicioso cuerpo que devoraban los lobos de sus amantes con el pequeño gusarapo de este baboso, se estaba enfermando; esas palpitaciones que le daban le provocarían un infarto en cualquier momento.

La criada apareció con dos copitas de licor y se retiró. Ella puso cara de asombro.

—Yo sé, amorcito, yo sé, pero te lo voy a explicar.

El esposo se puso de pie para el brindis, pero antes que pudiese pronunciar palabra alguna, ella le arrancó de una mano la copa que el hombre le extendía y bajó el contenido de un tirón. Y lo mismo hizo con la de él. La criada regresó con el recipiente del líquido.

—No sabía cómo enfrentar mi culpa, amorcito, por eso esperé mi cumpleaños para confesártelo —balbuceó el marido, tomando la botella en sus manos.

Al él voltearse… ¡ah, la botella! “Amorcito” pegó un grito al ver la risa del cráneo sobre la advertencia.

—No te pongas así, amorcito. Sé que he sido débil al volver a tomar, pero… era solo un sorbito por vez, pequeñito… Nada más que para la digestión después de las comidas.

No podía respirar.

—Te he jugado sucio al ocultártelo, amorcito, lo sé —continuó confesando él, mientras retiraba la truculenta etiqueta que ocultaba otra, debajo—. Pero hoy te lo contaré todo para que me perdones, si pudieses.

¡La taquicardia! El corazón… Se le cerraron los ojos y la cabeza cayó como una bola de cañón contra el plato. El hombre y la criada se asustaron.

—¿Tan mal le cayó la noticia? —preguntó él—. No pudo haber sido el brandy.

DECISIÓN INEXPERTA

El hombre avanzaba dando tumbos por la estrecha calle casi a oscuras, cuando una sombra difusa saltó sobre él. Las discordantes notas de la canción que entonaba fueron cercenadas de golpe, dada la fuerza de las mandíbulas que se cerraron en torno a su cuello. Con los últimos estertores de la presa, el depredador se levantó, satisfecho…, y con un profuso vómito de color carmesí regó el pavimento enfrente de él.

Un murciélago de inusitado tamaño bajó en picada sobre el lugar y, muy cerca del piso, extendió las alas, convirtiéndose en un hombre de seis pies de estatura, tez muy pálida, y atuendo oscuro.

—Te advertí que no atacaras al borracho —dijo.

Después, le extendió una botella al vampiro más joven, sentado en la acera.

—Bebe —le indicó—. No hay nada mejor para una chupada indigesta que un buen jerez.

DECRETO TRIBAL

El guerrero entró a la choza donde el Consejo de la tribu estaba en pleno reunido. A la seña del jefe, le pasó la botella que traía al brujo, quien la alzó a la altura de sus ojos y miró la etiqueta pegada a ella. Como no entendió nada, la olió detenidamente antes de darse un trago.

Expectantes, los otros le vieron cerrar los ojos, chasquear la lengua, y levantar su pulgar izquierdo. Acto seguido, tragó otro sorbo y eructó tres veces, con las consiguientes exclamaciones de aprobación del resto.

Detrás del jefe, la botella pasó de boca en boca, comenzando un concierto de tubas que alcanzó su crescendo, y se apagó finalmente. Los aborígenes se palmearon las barrigas, complacidos. El jefe ordenó:

—Liberen a los blancos como se les prometió en cambio por la medicina. No nos los comeremos más. Tenías razón, brujo: están llenos de mierda.

—A menos que tengamos la medicina —añadió el brujo, levantando la botella de brandy.

DÍA DE GLORIA

Para el estándar de cualquier persona su vida había sido una pérdida de tiempo: llena de derrotas y sin ninguna gloria. A lo largo de sus días, los adjetivos recibidos se fueron reduciendo a una corta lista: perdedora para su familia, mediocre para sus colegas, payasa para sus conocidos —imposible catalogarlos de «amigos»—, incompetente para sus jefes, inservible y frígida para los hombres.

Así creció y vivió convencida que su momento especial sería el de su muerte. Sabía que ese día sería un gran acontecimiento, inolvidable hasta para todos aquellos seres superiores que la trataron como a una alimaña.

Ese día era hoy. Y lo esperaba tranquila, pero con algo de ansiedad, por estar convencida de su grandeza. Y de su fina ironía: todo el mundo termina el camino de su vida a la puerta de la muerte. Por tanto, el perdedor-mediocre-payaso-incompetente-inservible insecto que era, iba a vivir su día final como todos los seres superiores que le habían situado en el escalón más bajo de la espiral evolutiva del homo sapiens.

Aquí sucederá el magno evento, a doscientos metros de esta costa, de este paraíso de fina arena. Sus ojos se regocijan con las tonalidades de verde y azul que plagan el agua. ¡Esa suave, fresca, temprana brisa que bate sus cabellos, acaricia su rostro, inunda cada poro de su desnudo cuerpo!

Hincha su pecho con una tonelada de oxígeno. ¿Qué será de todos sus detractores en este momento? Le hubiese gustado tenerlos de espectadores al bajar el telón de su vida. Lo cual, de hecho, si se piensa bien, es triste: No poder mostrarles la grandeza de su despedida, y el coraje de enfrentar esta con entereza. Al final, ¿estarían ganando, de nuevo? No, no, porque en este instante ellos están gritando y llorando de angustia, arrastrándose a un hueco como gusanos para esconderse de este gran suceso, para no verlo, para ignorarlo, no creerlo.

Una ola ahoga sus pies. El sol queda oculto por la sombra que se hace enorme a cada segundo. El estruendo no la asusta. Sonríe y levanta la vista. La escena de su muerte comienza a rodar. Y con la de ella, la del resto de la humanidad, porque su destino está encadenado al de todos los demás seres del planeta que sucumbirán al último mazazo del juez del día final, a este evento de extinción.

El airado gigante ruge ahora con mayor intensidad por su cercanía a la superficie. El ruido ya parece el bramido incesante de un oso descomunal. La brisa se torna en una masa de aire que, en un momento dado, arrastra el cuerpo de la mujer varios metros por la arena. El asteroide descarga su ira contra el mar a doscientos metros de ella, como se predijo. Sin embargo, en su accidentada posición, ella alcanza a ver la sonrisa que le regala antes de zambullirse.

Renuente a perderse ni un segundo de imagen, sin cerrar los ojos, ella devuelve el gesto.

INVIERNO

Julio se levanta con lentitud y mira al cielo, hacia el horizonte. ¡Cuánto soñó con el Ártico! Tremendo, blanco, vasto. Y frío, estéril, hostil. Con ráfagas heladas que calan hasta los huesos y reflejos níveos de la superficie, enceguecedores, deslumbrantes.

Y no obstante saberlo indómito, desafiante, se había complacido con las historias de Amundsen y Scott, grandes hombres que conquistaron y enfrentaron la inconmensurable masa de hielo, lanzándose en expediciones arriesgadísimas, aunque en ello apostaran la vida.

Por supuesto que no le disgustaba el clima caribeño, tan fuerte en verano que agota y sofoca, pero el clima que ama, al fin y al cabo: de sol radiante, de verde vegetación con altas palmas que elevan su cabellera al cielo azul; cielo que descarga su sereno color sobre el inmenso mar; mar que, calmado o tormentoso, besa de constante las costas de esta ensoñación en forma de isla.

Sin embargo…

¡Cuánto soñó con un invierno nevado! Le fascinaban las historias de Jack London, llenas de perros y trineos, bosques cubiertos por la coposa nieve, renos y lobos, hombres luchando contra las vicisitudes del clima, cabañas de madera calentadas por el fuego de las chimeneas.

¡Cuánto soñó con algo así! La ventisca que lanza la nieve a la cara, atacando los ojos, y se arremolina, y silba entre las ramas abatidas de la vegetación. Pero en la calma tiende un lecho esponjoso, suave, que incita a los esquís a deslizarse sobre él, o a formar muñecos graciosos, estatuas de hielo, y juegos, juegos, porque también se desbordan la alegría y las energías. Y el paisaje aparece como una obra maestra esculpida en una descomunal placa de la más pura y pulida plata, salida de las manos del mejor orfebre: la Naturaleza, sabia y divina.

Todo ello lo había disfrutado desde la butaca de un cine, en oscura complicidad con la sala y la pantalla. Lo había disfrutado desde las páginas de un libro de cuentos llegados a sus manos desde tierras tan lejanas que hasta en el mapa aparecían inalcanzables. Lo había disfrutado desde postales navideñas en idiomas tan ajenos, que los hacían incomprensibles. ¡Cuánto lo había disfrutado!

Sin embargo…

Una gélida brisa bate su escaso pelo, arrancando un mechón ya suelto y humedeciendo sus hinchados y rojizos ojos; a su cuerpo se pega aun más la vestimenta de pieles raídas que fueron arrancadas de los pocos animales que pueden encontrarse, y prendas robadas a los ya escasamente visibles cadáveres. Ahora son harapos que dejan parte de su piel expuesta al castigo del frío.

Siente el cuerpo de su hijo apretarse contra uno de sus costados e intenta arroparlo lo mejor posible para evitar que se congele. Aun presintiendo el destino fatal que se avecina para ambos, intenta conservar su ínfima esperanza de futuro en su vástago, tal como los primeros hombres protegían con celo la brizna encendida en el fondo de una cueva. Todavía vibran en su mente las horrendas escenas de la muerte de su esposa —o lo que quedara de ella—, y el entierro de sus despojos en territorio de nadie, en el seno de una tierra que grita al aire su desesperado y desgarrado morir.

Su hijo. Julio ha tenido la suerte de experimentar la sublime sensación de ser padre, de moldear un engendro de sus entrañas, de cultivar la suave y bienamada flor que constituye un hijo. Su vástago ha tenido la desgracia de abrir sus ojos a un mundo denso, oscuro, frío y muerto, en el cual sus sobrevivientes luchan por no ser historia, ni polvo en el viento, sino seres humanos pertenecientes a este planeta. Suerte y desdicha, ambas coexistiendo entre ellos, separadas por una frontera tan endeble y borrosa.

Cae de rodillas bajo el empuje de la muerte. Porque Julio está muriendo irremediablemente. Y su suerte se trastoca en la amargura de la desgracia, pues pronto le faltará a su hijo, quien tendrá que subsistir solo en esta Nueva Era.

Sus lágrimas ahora le nublan los ojos, que ya no pueden ver la sangre que brota por las heridas abiertas al desplomarse y tiñen el hielo, ni las laceraciones y deformaciones de su hijo, ni el paisaje raquítico y agónico, ni la muerte galopante que se aproxima…, para su suerte o desdicha.

Y, en este momento agónico, maldice, quizás por última vez, las manos, las mentes, las almas de aquellos que, siempre abanderados de la intolerancia y la soberbia, sumieron su vida y la de los suyos, la naturaleza y al planeta en este holocaustico paisaje de invierno nuclear.

LA SUERTE DEL NÁUFRAGO

Lentamente, levantó los párpados. Estaba exhausto, con la boca salada, la piel mojada y fría, con la respiración dificultosa…, pero vivo.

Reunió fuerzas para voltearse, y luego sentarse. Empequeñeció los ojos cuando la claridad diurna hincó el sol en sus pupilas. La furia de la tormenta nocturna halló sosiego en el alba, en esta playa tranquila, desconocida, solitaria.

Hasta el horizonte, no se veía vestigio alguno del barco que unas horas antes bregaba con la ira de Poseidón entre montañas arrolladoras de mar y toda una serie de recursos desplegados por la inclemente tempestad. Estaba solo, desnudo, desamparado.

¿O no?

A casi un centenar de metros vio un reflejo en la orilla; era como si la luz de la mañana le estuviese enviando un mensaje a través de los destellos. Tomó aliento, llenó sus brazos y piernas de energía, y echó a correr tras ponerse de pie. Cuando su vista enfocó el objetivo, estalló en carcajadas. Y así llegó junto a ella.

Se dejó caer en la arena. Sin demora, estiró un brazo hacia la caja, asió una botella de ron Havana Club, la destapó, y se dio un largo trago. Alzó la botella al sol, y pensó: «Bueno, no todo está perdido».

NUESTRO PARQUE

Al único sabio que conocí en persona: mi padre.

He vuelto a sentarme en el banco amarillo junto a la farola en el parque del barrio. Más allá de la avenida y el muro el mar insiste en precipitarse tras el horizonte. Como siempre, no hace falta la primavera para que la traviesa naturaleza ponga a su jardinero a regarnos con su lluvia cálida, sonora, viva, pero no perpetua, pues llega el momento en que el sol extiende los brazos y separa la cortina, aparece tras ella, lento, pero indetenible como un elefante celeste, volviendo a ganar la batalla, ahora con su luz, como en otro momento lo hizo con su calor para quitarle la camisa al caminante, lo cual no pudo el viento. Ese inconfundible olor a tierra mojada llena mis pulmones.

Grita de ganas por imponerse el amanecer.

Los rayos van secando bajo mis pies el empedrado camino que atraviesa el túnel —puente si se mira desde la avenida— y se abre en la explanada en arco donde el muro semeja un balcón público, pues cualquiera puede asomarse a la bahía en él.

Ya no se escucha al carpintero anunciarnos su horario de trabajo en el sucio árbol de la esquina, ni existe tampoco un ejército de pequeños detalles que antaño parecían pueriles, irrelevantes. Por eso aprieto los ojos y, entonces, todo se materializa como tocado por una vara mágica.

Mi mente se aferra como un pulpo a tu recuerdo: de voz sonando a poema en el cual los ojos tras las gafas remendadas son sus versos. Y tus dedos en mi cabello. ¡Me duele el reloj porque no se detiene en el tiempo! El que terció la carroza, los pajes y los caballos en la ordinaria calabaza rodeada de ratas.

Abro los ojos; el paisaje cambia.

Beethoven se empecina con su novena sinfonía en mis oídos a pesar de que esto es una oda a la tristeza. Quizás sea solamente la imagen que explica tu esencia: un ser capaz de admirar la belleza del entorno con la sexta aun cuando la turbulencia por dentro tronara con acordes de la quinta. Príncipe y mendigo. Portento intelectual que jamás reparó en la intrascendencia de su zapato o su pantalón.

Pero muy bien pudiste haber sido de Tchaikovsky. Igual no llegué a conocerte a fondo tras el hermetismo emocional de tu sonrisa y tus chistes. Y tu sabiduría en cascadas. Así que tampoco podría decir si eras de orquídeas o margaritas. Sin embargo, el poeta cultivó una rosa blanca. Por eso fue mi elección. Su frágil, clara, poética presencia como epitafio en tu lápida.

Y los recuerdos.

OBSESIÓN

Nació un niño en cuna de oro. Nació entre bordadas sábanas de seda, cascabeles plateados y cantos de ruiseñores. Nació bajo un brillante arcoíris adornando su fina nave. Mas, sin la Luna, que apenas se filtraba por las persianas, en su almohada.

Creció el niño en un palacio de kilómetros de estrellas, con puertas costosas y enrejados de artísticos orfebres. Creció entre finos adornos de cara importación, a la vista de famosos pintores y escultores diseminados por la vivienda, y entre juguetes disímiles que abarrotaban centenares de metros cúbicos de juegos. Mas, sin la distante Luna, la cual veía desde el inmenso y siempre florecido jardín, en su cuarto.

Se hizo hombre este niño, logrando el título de una respetable profesión. Se hizo hombre entre máscaras de alta sociedad y sonrisas insinuantes y complacientes de «señoritas» a granel, empujando cuesta arriba cualquier dificultad a su paso, con mayor ahínco que Sísifo su piedra infernal. Y, asimismo, gozó de flamantes autos y vida en rosas. Mas, sin la Luna, que alumbró en infinitas ocasiones su cuerpo desnudo cabalgando sobre un perfumado corcel de turno, en su bolsillo.

Subió este hombre a la cima de una prominente carrera, barriendo en su camino la mediocridad y también la amistad. Subió con un pequeño empuje de su níveo linaje y su talento —que no era poco—, descollando en la sociedad con su nombre y actuar, deslumbrando a las damas de diferente filiación, creando familia como todo buen cristiano, mas, sin la Luna, que en interminables noches observara tras los cristales panorámicos de su descomunal oficina, en su cuenta bancaria.

Se convirtió este empresario en presidente, fundando su magisterio en una sólida base de millones de ceros. Se convirtió en presidente tras aplastar a sus enemigos y sacar de raíz todo brote en contra de su gobierno o su pensamiento, o sus decisiones, siempre tan unipersonales, siempre omnipresentes, SIEMPRE. Mas, sin la Luna, simple satélite presente en periódicos, filmes o sueños humanos, en su propio gabinete.

No quería este hombre la Luna como hacen los poetas y los juglares, los amantes a la orilla del mar, los niños que la alcanzan en el reflejo de un diminuto océano en el pavimento, los astrónomos tras sus telescopios, los lobos en sus noches frías. La deseaba para poder apretarla en su mano soberbia y dominarla a su antojo como todo lo de su propiedad: las riquezas de su país, la voluntad de su pueblo, la dirección de su gobierno.

Entonces, supo del Lunajód y de Armstrong, y pensó en eso como la única forma de lograrlo: pisar su superficie y reclamarla para sí, clavando en ella su propia bandera.

Una noche, su hijo pequeño, como de costumbre, salió al jardín y se sentó sobre el mullido césped de una suave colina. Tenía en su breve regazo de fuerte mezclilla corta, como de costumbre, una flor y un libro de tapas oscuras. Miró al cielo estrellado y, rompiendo la costumbre, no invocó a la Luna, sino a los cintillos sensacionales de primera plana que anunciaban la muerte del padre en la escaramuza de cruzar el negro espacio cósmico. «Pobre papá», se lamentó. «Esta flor y este poema serán, hoy, para él».

No obstante, como de costumbre en cada noche, la Blanca Señora descendió de su gélida morada para sentarse a su lado.

MICRORRELATOS

ESCRUTINIO

Cuando despertó tendido en la yerba, los mismos ojos pendían en el cielo.

EL COMANDANTE

El Comandante venera a sus seguidores, por eso en el traspatio de la casa atesora sus cadáveres.

EL REY

El rey gritó: “¡Al combate!” Y allí salieron los perros de la guerra, ladrando, mordiendo, despedazándose la carne mutuamente, de ambos bandos. Lo hacían por el honor, por la gloria, por la eternidad.

Tras el silencio de cierre, el rey vencedor ascendió la montaña de los inmóviles valientes y, en la cima, con inmensa satisfacción, llenó sus pulmones con el aire cargado de su honor, su gloria, su eternidad.

OBITUARIO AL BESO

Comunicamos la desastrosa muerte del Beso. En un arranque de celos e impotencia, el Desamor le dio muerte con un puñal de odio.

Con profundo pesar, le sobreviven los amantes, los padres y sus hijos, los príncipes y las princesas, los juglares, los poetas, y el amor.

El velatorio se realizará en la funeraria propiedad del Miedo y la Intolerancia, y se enterrará en el valle muy cortésmente cedido por el Dolor.

ANUNCIO DE UN MARAVILLOSO NACIMIENTO

Comunicamos el maravilloso nacimiento del Cuento. Sus afortunados padres, la Realidad y la Fantasía, tienen el placer de invitar a las Palabras de todo el Universo a deleitarse con la fiesta de recibimiento.

El bautizo, que tendrá como padrinos a la Creatividad y la Magia, iluminará la Catedral de la Eternidad con una inolvidable fiesta preparada por las Estrellas, las Ideas, la Poesía y el Amor.

AMANTE

Ardió con inconmensurables pasión y dicha; el corazón quedó en la cima de las cenizas.

5 comentarios sobre “Publicación

  1. Estimado amigo me encantó. Una sensación dulce que me decía: serán felinos o humanos? En fin un erotismo rico, agradable y poético. Un abrazo. Tu semi tocayo de la Lenin

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